vero 36

por Anonymous

Creative Commons Sunday March 17, 2019

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Acaban de contarme un mensaje, y me siento enfurecido. Tomaré venganza

Cuéntemelo pues

-Señor conde, me gustaría mucho que supierais lo que le sucedió a un mercader que fue un día a comprar consejos.

El mercader le respondió que lo quería de un maravedí. El sabio cogió la moneda y le dijo: »-Amigo, cuando alguien os invite a comer, si no sabéis qué platos vendrán después, hartaos del primero.

Señor conde, en una villa vivía un hombre sabio que no tenía otro trabajo sino el de vender consejos. El mercader, cuando se enteró, fue a casa de aquel hombre tan sabio y le pidió que le vendiese uno de sus consejos. El sabio le preguntó de qué precio lo quería, pues según el precio así sería el consejo.

»El mercader pensó que, comprando tales consejos, podría perder cuantas doblas tenía, por lo que no quiso seguir escuchando al sabio, aunque retuvo el segundo consejo en lo más profundo de su corazón.

»El mercader le dijo que no le había vendido un consejo demasiado bueno, pero le contestó que tampoco él le había pagado por otro mejor. El mercader, entonces, le pidió que le diese un consejo que valiera una dobla, y se la dio. El sabio le aconsejó que, cuando se sintiera muy ofendido y quisiera hacer algo lleno de ira, no se apurase ni se dejara llevar por la cólera hasta conocer bien toda la verdad.

»El mercader consiguió vender todas sus mercancías y volvió con una gran fortuna. Cuando llegó al puerto de la ciudad donde vivía, se dirigió a su casa y se escondió para ver lo que pasaba.

Y sucedió que el mercader partió por mar a lejanas tierras y, al partir, estaba su mujer embarazada. Allí permaneció tanto tiempo, ocupado en sus negocios, que el pequeño nació y llegó a la edad de veinte años. La madre, que no tenía más hijos y daba por muerto a su marido, se consolaba con aquel hijo, al que llamaba marido por el amor que tenía a su padre.

Hacia el mediodía, volvió a casa el hijo de aquella buena mujer y su madre le preguntó: -Dime, marido, ¿de dónde vienes? »El mercader, que oyó a su mujer llamar marido a aquel, sintió gran pesar, pues creía que estaba casada con él »Pensó matarlos, pero, acordándose del consejo que le había costado una dobla, no se dejó llevar por la ira. Al atardecer se pusieron a comer.

Cuando el mercader los vio así juntos, aún tuvo mayores deseos de matarlos, pero por el consejo que vos sabéis, no se dejó llevar por la cólera.

Mas, al llegar la noche y verlos acostados en la misma cama, no pudo más, y se dirigió hacia ellos para matarlos. Pero, acordándose de aquel consejo, aunque estaba muy furioso, no hizo nada. Y antes de apagar la candela, empezó la madre a decirle al hijo, entre grandes lloros:

»-¡Ay, marido mío! Me han dicho que hoy ha llegado el que fue vuestro padre. Por el amor de Dios os pido que vayáis al puerto mañana por la mañana muy pronto, y quiera Dios que puedan daros noticias suyas. »Cuando el mercader oyó decir esto a su esposa, acordándose de que, al partir él, ella estaba encinta, comprendió que aquel joven era su hijo.

Y vos, señor conde, aunque pensáis que os resulta muy difícil soportar esa injuria, no digáis nada hasta estar seguro de que es verdad, y así os aconsejo que no os dejéis llevar por la ira ni por la precipitación hasta que conozcáis todo el asunto, pues no se trata de algo que pueda perderse por esperar vos un poco, y, sin embargo, os podríais arrepentir muy pronto de vuestra precipitación.

No os maravilléis si os digo que el mercader se alegró mucho y dio gracias a Dios por evitar que los matara, como había querido hacer, lo que habría sido una horrible desgracia para él. También os digo que dio por bien gastada la dobla que el consejo le costó, pues siempre lo recordó y nunca actuó precipitadamente.

Y viendo don Juan que este cuento era bueno, lo mandó escribir en este libro e hizo estos versos:

Con la ira en las manos nunca debes obrar, si no, da por seguro que te arrepentirás.

Acaban de contarme un mensaje, y me siento enfurecido. Tomaré venganza | Cuéntemelo pues | -Señor conde, me gustaría mucho que supierais lo que le sucedió a un mercader que fue un día a comprar consejos. El mercader le respondió que lo quería de un maravedí. El sabio cogió la moneda y le dijo:  »-Amigo, cuando alguien os invite a comer, si no sabéis qué platos vendrán después, hartaos del primero. | Señor conde, en una villa vivía un hombre sabio que no tenía otro trabajo sino el de vender consejos. El mercader, cuando se enteró, fue a casa de aquel hombre tan sabio y le pidió que le vendiese uno de sus consejos. El sabio le preguntó de qué precio lo quería, pues según el precio así sería el consejo. »El mercader pensó que, comprando tales consejos, podría perder cuantas doblas tenía, por lo que no quiso seguir escuchando al sabio, aunque retuvo el segundo consejo en lo más profundo de su corazón. | »El mercader le dijo que no le había vendido un consejo demasiado bueno, pero le contestó que tampoco él le había pagado por otro mejor. El mercader, entonces, le pidió que le diese un consejo que valiera una dobla, y se la dio. El sabio le aconsejó que, cuando se sintiera muy ofendido y quisiera hacer algo lleno de ira, no se apurase ni se dejara llevar por la cólera hasta conocer bien toda la verdad. »El mercader consiguió vender todas sus mercancías y volvió con una gran fortuna. Cuando llegó al puerto de la ciudad donde vivía, se dirigió a su casa y se escondió para ver lo que pasaba. | Y sucedió que el mercader partió por mar a lejanas tierras y, al partir, estaba su mujer embarazada. Allí permaneció tanto tiempo, ocupado en sus negocios, que el pequeño nació y llegó a la edad de veinte años. La madre, que no tenía más hijos y daba por muerto a su marido, se consolaba con aquel hijo, al que llamaba marido por el amor que tenía a su padre. Hacia el mediodía, volvió a casa el hijo de aquella buena mujer y su madre le preguntó: -Dime, marido, ¿de dónde vienes?  »El mercader, que oyó a su mujer llamar marido a aquel, sintió gran pesar, pues creía que estaba casada con él »Pensó matarlos, pero, acordándose del consejo que le había costado una dobla, no se dejó llevar por la ira.  Al atardecer se pusieron a comer. Cuando el mercader los vio así juntos, aún tuvo mayores deseos de matarlos, pero por el consejo que vos sabéis, no se dejó llevar por la cólera. | Mas, al llegar la noche y verlos acostados en la misma cama, no pudo más, y se dirigió hacia ellos para matarlos. Pero, acordándose de aquel consejo, aunque estaba muy furioso, no hizo nada. Y antes de apagar la candela, empezó la madre a decirle al hijo, entre grandes lloros: »-¡Ay, marido mío! Me han dicho que hoy ha llegado el que fue vuestro padre. Por el amor de Dios os pido que vayáis al puerto mañana por la mañana muy pronto, y quiera Dios que puedan daros noticias suyas. »Cuando el mercader oyó decir esto a su esposa, acordándose de que, al partir él, ella estaba encinta, comprendió que aquel joven era su hijo. Y vos, señor conde, aunque pensáis que os resulta muy difícil soportar esa injuria, no digáis nada hasta estar seguro de que es verdad, y así os aconsejo que no os dejéis llevar por la ira ni por la precipitación hasta que conozcáis todo el asunto, pues no se trata de algo que pueda perderse por esperar vos un poco, y, sin embargo, os podríais arrepentir muy pronto de vuestra precipitación. | No os maravilléis si os digo que el mercader se alegró mucho y dio gracias a Dios por evitar que los matara, como había querido hacer, lo que habría sido una horrible desgracia para él. También os digo que dio por bien gastada la dobla que el consejo le costó, pues siempre lo recordó y nunca actuó precipitadamente. Y viendo don Juan que este cuento era bueno, lo mandó escribir en este libro e hizo estos versos: Con la ira en las manos nunca debes obrar, si no, da por seguro que te arrepentirás.

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