vero cuento 15

por Anonymous

Creative Commons Saturday March 16, 2019

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Patronio, cierta vez tuve como enemigo a un rey muy poderoso, y, cuando la guerra ya había durado mucho, vimos que nos era más conveniente firmar un pacto.

Aunque ahora nos consideramos aliados, siempre recelamos el uno del otro. Además, gente de su bando e incluso del mío me llenan de temor, pues dicen que aquel rey busca una excusa para atacarme. Por vuestra lealtad y buen entendimiento, os ruego que me aconsejéis lo que debo hacer en este caso.

Señor Conde Lucanor, este es un consejo muy delicado, pues cualquiera que busque poneros en un apuro lo podrá hacer muy fácilmente, porque aunque os dé a entender que intenta serviros, aunque parezca sentir vuestro daño, siempre podrá haceros sospechar de vuestro aliado.

Con esa sospecha, habréis de tomar medidas que serán el comienzo de una nueva guerra, sin que ninguno de vuestros consejeros pueda ser culpado, pues el que os diga que no os preocupéis por los riesgos del combate demuestra muy poca preocupación por vuestra vida; el que os diga que no reforcéis vuestros baluartes demuestra poco interés por vuestros señoríos; y el que os diga que no os protejáis con vasallos, que estén bien atendidos y contentos con vos, demuestra importarle muy poco vuestra honra y vuestra protección.

Comience pues con el cuento

Sabed, además, que es muy peligroso no hacer estas cosas, pero si se hacen pueden ser el inicio de nuevos alborotos y desórdenes. Con todo, como me pedís mi opinión sobre este asunto tan delicado, me gustaría que supierais lo que le sucedió a un buen caballero.

Cuando el santo y bienaventurado rey don Fernando tenía sitiada Sevilla, contaba con muchos y valientes caballeros, entre los que estaban los tres más diestros en el manejo de las armas:

uno era don Lorenzo Suárez Gallinato, el otro don García Pérez de Vargas y del tercero no recuerdo su nombre. Los tres discutieron un día sobre quién de ellos era el mejor y más hábil. Como no llegaron a un acuerdo, decidieron armarse muy bien los tres y llegar a las murallas de Sevilla para golpear con sus lanzas las puertas de la ciudad.

uno era don Lorenzo Suárez Gallinato, el otro don García Pérez de Vargas y del tercero no recuerdo su nombre. Los tres discutieron un día sobre quién de ellos era el mejor y más hábil. Como no llegaron a un acuerdo, decidieron armarse muy bien los tres y llegar a las murallas de Sevilla para golpear con sus lanzas las puertas de la ciudad.

Al día siguiente, los tres se dirigieron a la ciudad. Cuando los moros que vigilaban murallas vieron que sólo se trataba de tres caballeros cristianos, pensaron que serían mensajeros y ninguno les atacó, por lo cual los tres caballeros pasaron el puente, llegaron a las puertas de la ciudad y las golpearon con la punta de sus lanzas. Hecho esto, regresaron junto al ejército

Al día siguiente, los tres se dirigieron a la ciudad. Cuando los moros que vigilaban murallas vieron que sólo se trataba de tres caballeros cristianos, pensaron que serían mensajeros y ninguno les atacó, por lo cual los tres caballeros pasaron el puente, llegaron a las puertas de la ciudad y las golpearon con la punta de sus lanzas. Hecho esto, regresaron junto al ejército

Al acercarse más los moros, aquel caballero, cuyo nombre he olvidado, se lanzó contra ellos y empezó a luchar valientemente, mientras que don Lorenzo Suárez y don García Pérez estaban sin intervenir; al aproximarse más los moros, don García Pérez de Vargas se les enfrentó, mientras que don Lorenzo Suárez seguía sin combatir, cosa que sólo hizo cuando los moros lo atacaron, pero entonces se metió entre sus enemigos y comenzó a hacer cosas sorprendentes y heroicas con sus armas.

Cuando desde el campamento vieron a los tres caballeros enfrentarse a los moros, salieron en su ayuda. Aunque los tres pasaron momentos muy peligrosos y recibieron numerosas heridas, Dios no quiso que muriera ninguno de ellos. Tan grande fue la batalla entre moros y cristianos que el rey don Fernando hubo de ponerse al frente de su ejército, que resultó vencedor.

Cuando el rey volvió a su tienda, mandó prender a los tres caballeros diciendo que merecían la muerte por haber cometido tal locura, pero luego, ante las súplicas de los capitanes, el rey mandó soltarlos.

Al saber el monarca la discusión que habían mantenido y sus consecuencias, convocó a los más nobles caballeros para decidir quién había sido el más valiente. Una vez reunidos, mantuvieron una fuerte polémica, pues unos decían que había demostrado mayor arrojo el que atacó a los moros el primero, otros que el segundo y otros lo decían del tercero. Cada uno defendía sus opiniones con tales argumentos que todos parecían tener razón.

Y, en verdad, tan heroicamente se habían portado que cualquiera podría ser tenido como el más valiente; pero al acabar la discusión acordaron lo siguiente: si, en caso de que hubieren sido menos, los moros que les habían atacado hubieran podido ser vencidos sólo por el valor y el esfuerzo de los tres caballeros, el primero en enfrentarse a ellos sería el mejor, pues comenzó algo que podría ser acabado; pero si los enemigos eran tan numerosos que ellos tres no podían

el primero en atacarlos no lo hizo impulsado por su valor, sino porque la vergüenza le impedía abandonar el campo y huir, mas como la huida era imposible, la falta de serenidad ante un miedo muy intenso le hizo comenzar su ataque. Al segundo en atacar, que supo dominar su miedo más tiempo, lo consideraron más valiente. Mas a don Lorenzo Suárez, que en ningún momento se dejó dominar por el miedo y esperó a que los moros le atacaran, lo creyeron el más valiente de los tres.

Vos, señor Conde Lucanor, pues veis que os intentan atemorizar y que esa guerra sería de tal violencia que una vez iniciada no podríais acabarla, tened por cierto que, cuanto más dominéis vuestro miedo, mayores muestras de valor y de buen juicio daréis: porque, como tenéis lo vuestro seguro y no os pueden hacer mucho daño por sorpresa, os aconsejo que no perdáis la serenidad.

Como tampoco pueden causaros grave daño, esperad que os ataquen y entonces veréis que sólo se trata de temores infundados, producto de quienes buscan vivir y hacer vivir en la confusión. Pensad también, que tanto esos amigos vuestros como los de aquel poderoso señor no desean la paz ni la guerra. Por lo cual, aunque vuestros enemigos urdan o hagan algo contra vos, conseguiréis doble triunfo:

primero, porque Dios estará con vos, y su ayuda es muy necesaria en tales cosas; segundo, porque todo el mundo verá que tenéis razón al obrar así. Además, si hacéis lo que no debéis, viviréis en paz y haréis servicio a Dios y beneficio a los buenos, sin buscar vuestro daño por complacer a quienes os desean perjudicar.

Al conde le gustó mucho este consejo que le dio Patronio, siguió sus enseñanzas y le fue muy bien.

Y como don Juan comprendió que este cuento era muy bueno, lo mandó escribir en este libro e hizo estos versos que dicen así:

Movidos por el temor, no decidáis atacar, que siempre sabe vencer quien siempre sabe esperar.

Patronio, cierta vez tuve como enemigo a un rey muy poderoso, y, cuando la guerra ya había durado mucho, vimos que nos era más conveniente firmar un pacto. | Aunque ahora nos consideramos aliados, siempre recelamos el uno del otro. Además, gente de su bando e incluso del mío me llenan de temor, pues dicen que aquel rey busca una excusa para atacarme. Por vuestra lealtad y buen entendimiento, os ruego que me aconsejéis lo que debo hacer en este caso. Señor Conde Lucanor, este es un consejo muy delicado, pues cualquiera que busque poneros en un apuro lo podrá hacer muy fácilmente, porque aunque os dé a entender que intenta serviros, aunque parezca sentir vuestro daño, siempre podrá haceros sospechar de vuestro aliado. | Con esa sospecha, habréis de tomar medidas que serán el comienzo de una nueva guerra, sin que ninguno de vuestros consejeros pueda ser culpado, pues el que os diga que no os preocupéis por los riesgos del combate demuestra muy poca preocupación por vuestra vida; el que os diga que no reforcéis vuestros baluartes demuestra poco interés por vuestros señoríos; y el que os diga que no os protejáis con vasallos, que estén bien atendidos y contentos con vos, demuestra importarle muy poco vuestra honra y vuestra protección. Comience pues con el cuento | Sabed, además, que es muy peligroso no hacer estas cosas, pero si se hacen pueden ser el inicio de nuevos alborotos y desórdenes. Con todo, como me pedís mi opinión sobre este asunto tan delicado, me gustaría que supierais lo que le sucedió a un buen caballero. Cuando el santo y bienaventurado rey don Fernando tenía sitiada Sevilla, contaba con muchos y valientes caballeros, entre los que estaban los tres más diestros en el manejo de las armas: | uno era don Lorenzo Suárez Gallinato, el otro don García Pérez de Vargas y del tercero no recuerdo su nombre. Los tres discutieron un día sobre quién de ellos era el mejor y más hábil. Como no llegaron a un acuerdo, decidieron armarse muy bien los tres y llegar a las murallas de Sevilla para golpear con sus lanzas las puertas de la ciudad. uno era don Lorenzo Suárez Gallinato, el otro don García Pérez de Vargas y del tercero no recuerdo su nombre.  Los tres discutieron un día sobre quién de ellos era el mejor y más hábil. Como no llegaron a un acuerdo, decidieron armarse muy bien los tres y llegar a las murallas de Sevilla para golpear con sus lanzas las puertas de la ciudad. Al día siguiente, los tres se dirigieron a la ciudad. Cuando los moros que vigilaban murallas vieron que sólo se trataba de tres caballeros cristianos, pensaron que serían mensajeros y ninguno les atacó, por lo cual los tres caballeros pasaron el puente, llegaron a las puertas de la ciudad y las golpearon con la punta de sus lanzas. Hecho esto, regresaron junto al ejército | Al día siguiente, los tres se dirigieron a la ciudad. Cuando los moros que vigilaban murallas vieron que sólo se trataba de tres caballeros cristianos, pensaron que serían mensajeros y ninguno les atacó, por lo cual los tres caballeros pasaron el puente, llegaron a las puertas de la ciudad y las golpearon con la punta de sus lanzas. Hecho esto, regresaron junto al ejército Al acercarse más los moros, aquel caballero, cuyo nombre he olvidado, se lanzó contra ellos y empezó a luchar valientemente, mientras que don Lorenzo Suárez y don García Pérez estaban sin intervenir; al aproximarse más los moros, don García Pérez de Vargas se les enfrentó, mientras que don Lorenzo Suárez seguía sin combatir, cosa que sólo hizo cuando los moros lo atacaron, pero entonces se metió entre sus enemigos y comenzó a hacer cosas sorprendentes y heroicas con sus armas. Cuando desde el campamento vieron a los tres caballeros enfrentarse a los moros, salieron en su ayuda. Aunque los tres pasaron momentos muy peligrosos y recibieron numerosas heridas, Dios no quiso que muriera ninguno de ellos. Tan grande fue la batalla entre moros y cristianos que el rey don Fernando hubo de ponerse al frente de su ejército, que resultó vencedor. | Cuando el rey volvió a su tienda, mandó prender a los tres caballeros diciendo que merecían la muerte por haber cometido tal locura, pero luego, ante las súplicas de los capitanes, el rey mandó soltarlos. Al saber el monarca la discusión que habían mantenido y sus consecuencias, convocó a los más nobles caballeros para decidir quién había sido el más valiente. Una vez reunidos, mantuvieron una fuerte polémica, pues unos decían que había demostrado mayor arrojo el que atacó a los moros el primero, otros que el segundo y otros lo decían del tercero. Cada uno defendía sus opiniones con tales argumentos que todos parecían tener razón. Y, en verdad, tan heroicamente se habían portado que cualquiera podría ser tenido como el más valiente; pero al acabar la discusión acordaron lo siguiente: si, en caso de que hubieren sido menos, los moros que les habían atacado hubieran podido ser vencidos sólo por el valor y el esfuerzo de los tres caballeros, el primero en enfrentarse a ellos sería el mejor, pues comenzó algo que podría ser acabado; pero si los enemigos eran tan numerosos que ellos tres no podían el primero en atacarlos no lo hizo impulsado por su valor, sino porque la vergüenza le impedía abandonar el campo y huir, mas como la huida era imposible, la falta de serenidad ante un miedo muy intenso le hizo comenzar su ataque. Al segundo en atacar, que supo dominar su miedo más tiempo, lo consideraron más valiente. Mas a don Lorenzo Suárez, que en ningún momento se dejó dominar por el miedo y esperó a que los moros le atacaran, lo creyeron el más valiente de los tres. Vos, señor Conde Lucanor, pues veis que os intentan atemorizar y que esa guerra sería de tal violencia que una vez iniciada no podríais acabarla, tened por cierto que, cuanto más dominéis vuestro miedo, mayores muestras de valor y de buen juicio daréis: porque, como tenéis lo vuestro seguro y no os pueden hacer mucho daño por sorpresa, os aconsejo que no perdáis la serenidad. Como tampoco pueden causaros grave daño, esperad que os ataquen y entonces veréis que sólo se trata de temores infundados, producto de quienes buscan vivir y hacer vivir en la confusión. Pensad también, que tanto esos amigos vuestros como los de aquel poderoso señor no desean la paz ni la guerra. Por lo cual, aunque vuestros enemigos urdan o hagan algo contra vos, conseguiréis doble triunfo: primero, porque Dios estará con vos, y su ayuda es muy necesaria en tales cosas; segundo, porque todo el mundo verá que tenéis razón al obrar así. Además, si hacéis lo que no debéis, viviréis en paz y haréis servicio a Dios y beneficio a los buenos, sin buscar vuestro daño por complacer a quienes os desean perjudicar. Al conde le gustó mucho este consejo que le dio Patronio, siguió sus enseñanzas y le fue muy bien. | Y como don Juan comprendió que este cuento era muy bueno, lo mandó escribir en este libro e hizo estos versos que dicen así: Movidos por el temor, no decidáis atacar, que siempre sabe vencer quien siempre sabe esperar.

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